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Con fular o mochila, en casa

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Hay una pandemia arrasando el mundo y todos estamos encerrados en casa intentando encontrar el equilibrio. ¿Cómo controlar el caos? Seguramente quien tuviera una receta sencilla para todos ganaría el Nobel, pero, para distraeros un poco, queremos volver a plantear la pregunta.

Un fular, una mochila portabebés o cualquier otro sistema de porteo. ¿Por qué tanto revuelo? Y ahora que os quedáis en casa, ¿os puede servir de algo?

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Los fulares y las mochilas probablemente se inventaron antes que la rueda. Han ido cambiando con el tiempo, adaptándose a modas y tendencias, siguiendo el espíritu de cada época y transformándose en distintos tipos de portabebés rígidos, con armazones, hebillas y correas, para acabar descubriendo que lo sencillo es lo mejor. Hoy, el fular tejido largo, que se puede anudar de muchas maneras, resulta ser una solución universal para casi todo el mundo. También las mochilas ergonómicas, blandas y muy regulables hechas con tela de fular permiten adaptar cómodamente su forma y tamaño al cuerpo del adulto y del niño. ¿Y cómo pueden ayudarnos en casa? Para muchas familias que ya han descubierto esta maravilla, es evidente. Un buen portabebés significa, ante todo, manos libres, ¡útiles para todo lo demás!

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¿Para qué? Las posibilidades son infinitas, pero todo se lo debemos a lo que hace el porteo: abraza, calma al bebé, le da sensación de seguridad y da a los padres la independencia que necesitan.

En los primeros días después del parto, el fular puede ser un compañero maravilloso del puerperio. Se puede usar para sujetar la barriga después del parto, como mantita, y cuando el recién nacido solo quiere estar en brazos de mamá, le libera las manos para necesidades menos urgentes, como tomarse un té o comerse un bocadillo.

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Con un bebé un poco mayor, es perfecto para dormirlo, incluso mientras recoges la casa o preparas la cena.

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El porteo también puede ser insustituible para quienes, por ejemplo, tocan un instrumento: el niño puede estar lo bastante cerca del adulto y lo bastante lejos del instrumento.

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También son geniales para quienes quieren volver a hacer ejercicio: en largos paseos al aire libre, pero también en los entrenamientos en casa. ¿Bailar? ¿Por qué no?

Leer y cocinar, ¡eso está claro! Pero ¿sabíais que con el bebé en el fular también os resultará más fácil jugar con los hermanos mayores? Al principio, claro, como portabebés, pero con el tiempo el fular se convierte en un juguete en toda regla: una alfombra de juegos, una manta, una cuerda para tirar, una hamaca o un columpio.

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Como madre de cuatro hijos, entre ellos gemelos, solo puedo decir que, en los momentos difíciles que exigían toneladas de paciencia y a la vez una creatividad sin límites, fue el fular o la mochila lo que me salvó. Mucho tiempo después me rondaba una idea: ¿y si no hubiera conocido esta posibilidad?... Prefiero no saberlo.



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