Tejido, cortado y cosido bajo un mismo techo

La increíble historia de LennyLamb

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Esta historia empieza en mayo de 2007. En nuestro pequeño piso del barrio de Bemowo, en Varsovia, llega Franciszek. Nuestro pequeño querubín. Entonces aún no sabía que lo que iba a pasar cambiaría toda nuestra vida y la de muchas mamás de todo el mundo.

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El primer paseo con Franek: un desastre. Apenas doy tres pasos cuando mi angelito enciende tal sirena que se le oye en tres barrios a la redonda. Cogerlo en brazos solo ayuda un momento. Cada intento de dejarlo en el carrito acaba en gritos, como si el carrito fuera su peor enemigo.

¿Qué hago? No puedo pasarme la vida encerrada entre cuatro paredes con un bebé. Una amiga me sugiere: ¿y si pruebas con un fular? ¿Un fular? Estoy tan agotada que haría cualquier cosa por cambiar algo. Mi primer fular lo corto de un trozo de tela que encuentro en el armario de mi madre. La familia me mira como si estuviera loca. ¿De verdad vas a llevar al bebé en eso?, me preguntan. ¿Es seguro? Siembran dudas. ¿Y si tienen razón? ¿Y si le pasa algo? Pero si no lo pruebo, nunca lo sabré. Tras el primer intento, ya lo sé. Franek, junto a mi corazón, está tranquilo y seguro.

Acurrucado contra mí, me da una sensación de libertad. Vuelvo a poder ser activa, tengo las manos libres. Puedo volver a hacer vida normal. Quedar con gente. Y lo aprovecho.

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Junto con otras mamás que portean a sus hijos en fular, creamos una comunidad que se apoya y comparte experiencias. Cada vez más personas aprovechan lo que sabemos y valoran la libertad que da el fular.

Sueño con un fular de verdad. Me paso horas buscando en internet, llamo y escribo a fabricantes, también extranjeros, porque en Polonia casi no hay. Por fin encuentro a una persona que importa fulares Girasol, tejidos por mayas en las regiones montañosas de Guatemala. Ese fular será mi favorito, pero no pude elegir. Compré lo que había. Quiero otro, a ser posible marrón, de rayitas finas. Pero ese diseño no existe en ningún sitio. No quiero comprar lo que haya. Quiero poder elegir. Y entonces se me ocurre: ¿y si los hacemos nosotros? Mi marido, Michał, se apunta enseguida. ¡Montamos un taller! Mi hermana Kasia y su marido Piotr se unen para desarrollar el producto. Y se quedan con nosotros en lo bueno y en lo malo. Y lo malo es más de lo que pensábamos. La tela que queremos no se encuentra en ningún mayorista, ¡y menos en esas cantidades! Así que Kasia y Piotrek se van a Łódź en su Mazda verde. Van de tejeduría en tejeduría y de taller de costura en taller de costura. «No se puede, no se puede», oyen una y otra vez. ¡Pero ve a decirle a una madre que algo bueno para su hijo no se puede! No pienso rendirme. Solicito una subvención. La música de un disco de Leny Valentino nos inspira el nombre de la empresa. Una ovejita esponjosa surge de forma natural, como símbolo de calidez y suavidad. Te llega al corazón. Ya está. Seremos LennyLamb.

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Encontramos un local y lo reformamos de arriba abajo. El olor a pintura pica en la nariz, los empleados están listos, las máquinas relucen, la cinta roja solo espera a que la corten. Y de repente, el dueño del local rescinde el contrato de alquiler. Nos han engañado. LennyLamb se queda sin casa. Me siento como un globo pinchado. ¿Qué hacemos con los empleados, los clientes y los pedidos? Nos sentamos los cuatro a pensar. ¿Lo dejamos? ¡Pero las madres no se rinden! Y quizá… quizá simplemente haya que volver a casa. Igual que Franek volvió junto a mi corazón gracias al fular, nosotros volvemos con nuestra madre. A Kłudzice.

Empezamos de cero. Las telas siguen sin cumplir nuestras exigencias y esperamos meses a que nos hagan nuestros diseños. Los chicos lo deciden: ¡necesitamos nuestra propia tejeduría! Instalamos el primer telar, de segunda mano. ¡El montaje dura cinco meses! ¡Increíble! Aprendemos paso a paso y controlamos el proceso desde el primer hilo hasta el producto terminado. Ya sabemos que harán falta más telares. Michał y Piotr prácticamente viven en la tejeduría que está naciendo. Las noches sin dormir dan sus frutos. Un viejo granero cobra nueva vida y hoy alberga siete telares modernos. En 2 o 3 semanas tejen las telas que queremos. Con la textura adecuada, ni demasiado finas ni demasiado gruesas, con la elasticidad justa, suaves y resistentes.

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Todos los fulares que diseñamos pasan la prueba de nuestros hijos, los siete. Nuestra empresa familiar, escondida entre bosques y campos, en nuestra tierra, es hoy una marca reconocida en todo el mundo. Tejida con amor por los niños y cuidado por los adultos. Fabricamos mochilas, fulares y todo lo que hace posible portear a los peques. En los colores y diseños con los que sueñan nuestros clientes. Así de sencillo: somos expertos en porteo.



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