Bebé arcoíris: la historia de Marta Zakrzewska
Después de la tormenta llegó el arcoíris... y al final había una auténtica olla de oro, un verdadero tesoro :) Estamos muy agradecidos a esta mamá arcoíris, Marta Zakrzewska, por compartir esta historia tan difícil con nosotros y con vosotros, y por añadir estas fotos tan alegres. Es un gran honor para nosotros que nuestro fular RAINBOW BABY forme parte de esta historia.

El silencio nunca es bueno (ahora que soy madre sé que el silencio siempre significa problemas), y cuando el que calla es el médico, significa una pesadilla. Fueron los peores segundos de mi vida y entonces oí: «Lo siento, el corazón no late». Era viernes.
Lo que pasó después... sinceramente, no lo recuerdo. Caí en un abismo, en un vacío... El tiempo pasaba y yo esperaba la revisión del lunes en el hospital, donde debían confirmar el diagnóstico.
«Eres joven. Todavía tienes tiempo para tener hijos», dijo el médico a la ligera.
Después, otro abismo. Martes, 19 de diciembre de 2006. No recuerdo nada. Anestesia. Un vacío terrible después. Fue la peor Navidad de toda mi vida. Yo, que siempre había adorado la Navidad, ese año la odié. Y durante muchos años más, como se vio después.
En mayo de 2010 el test mostró dos rayas por segunda vez. La alegría mezclada con miedo se convirtió enseguida en puro miedo: el guion se repetía. Manchados, reposo absoluto, medicamentos... Sin latido.
Dos semanas después de mi aborto, una amiga dio a luz a una niña y me rompí en mil pedazos. Lo único que podía hacer era llorar.
Según la normativa, el aborto de repetición solo se diagnostica a partir del tercer aborto. Solo entonces se piden pruebas, solo entonces los médicos buscan la causa. Dos abortos son solo una casualidad, una mala racha estadística...
Yo sabía que algo iba mal. No era casualidad. Clínica de fertilidad. Catedrático. Miles de pruebas pagadas de nuestro bolsillo. Muchísimo dinero. El diagnóstico: un defecto genético. Letal en el 50 % de los casos. Los médicos aconsejan el diagnóstico genético preimplantacional. Lo intentamos. Otra vez muchísimo dinero, tantos fármacos, cientos de inyecciones, decenas de consultas. Dos años. Nada.
2013. Estaba muy enfadada con el mundo entero. Decidí que lo volveríamos a intentar, esta vez sin médicos, sin más. A los dos meses, dos rayas. No pido la baja, total, no tiene sentido. Trabajo para no pensar. ¡Y llega el segundo trimestre! ¡Qué alegría! En la ecografía de final del primer trimestre todos los resultados son normales, no hay malformaciones, no pasa nada malo. Siento movimientos suaves. ¡No me lo creo!
Un lunes vuelvo del trabajo y me duele la barriga. Es distinto. Algo va mal. Llamo al médico. «Venga inmediatamente». Durante la exploración, otra vez un momento de silencio. Tiemblo de pies a cabeza. Después el médico se asusta. El latido es débil, el bebé es pequeño. Un volante urgente para el hospital. Mientras, una llamada a urgencias para avisar de que vamos.
En el hospital, otra vez un médico que me asusta. No hace ecografía, la harán en planta. Quiero pedir el alta voluntaria, ir a otro hospital, que me hagan una ecografía ya. Me asusta. Me quedo en planta. Tiemblo. La matrona me trae calmantes. No hay ecografía. Me duermo con la medicación.
Por la mañana, pase de planta. El jefe de servicio. Un jefe cualquiera que grita, amenaza y exige saber si hoy nos hacemos la amniocentesis. Le digo que quiero una ecografía, que quiero saber si el bebé está vivo. Grita.
Tres horas después, una residente hace la ecografía. Me regaña porque tiemblo y le dificulto la exploración. No hay latido. Salgo corriendo de la consulta. Tengo que tomar los fármacos que provocan las contracciones. Me niego. Espero a que otro médico me haga una ecografía.
Llega la noche. Llega el médico. «Lo siento». Me sorprende. ¿Me pide perdón? Sí, lamenta que hayamos esperado tanto. Nos invita a mi marido y a mí a hacer la ecografía. Explica, enseña. No hay latido. «Lo siento muchísimo». Nos explica qué podemos hacer ahora, qué fármacos debo tomar y qué pasará después.
Pedimos un estudio genético. Pagamos. Me dan los fármacos. Y otra vez. Y otra vez. Nace nuestro hijo. Recibimos el certificado de nacimiento de un niño muerto y el alta. Esperamos los resultados. El funeral. La consulta con el genetista. Un error en el análisis. Seguimos sin saber la causa. No me lo puedo creer. A los dos meses vuelvo al trabajo. La vida pasa como al lado de mí.
Busco al médico que me dijo «Lo siento» y le digo que quiero que sea mi médico. Él me cuida, me manda pruebas, busca la causa, no le quita importancia a nada, me deriva a médicos de otras especialidades y sospecha problemas de coagulación. Los resultados no confirman nada, la hematóloga no emite un certificado de que necesite medicación, pero el inmunólogo y el ginecólogo insisten.
En la primavera de 2014 vuelvo a estar embarazada y tomo la medicación. ¡Es el segundo trimestre! Seguimos alerta. Consultas cada semana. Medicamentos. Muchos medicamentos. Amniocentesis. Esperamos el resultado. Hay que repetir la prueba, miedo, pero ya estamos en la semana 16. Esperamos el resultado. Semana 18. Vamos por la mitad. Todo está bien. Es un niño sano. Llega el resultado de la amniocentesis, ahora estamos seguros: un niño sano. Otra ecografía. Flujo alterado. Aumentamos la dosis. Esperamos a la semana 24, porque entonces el bebé tiene buenas posibilidades de sobrevivir. Luego la 27. Diabetes gestacional. Más estrés. Luego la 32. Ya está. Podemos respirar aliviados. En la semana 34 el latido se dispara. Hospital. Esta vez hacen enseguida un monitor. Vigilan. Todo está bien. Nos vamos con un optimismo prudente. Ecografía y monitor cada semana. ¡Lo hemos conseguido! 37 semanas: embarazo a término. En la semana 39, ingreso en la unidad de embarazos de riesgo. Por si acaso. El azúcar baja, los médicos temen por el funcionamiento de la placenta. Inducimos. Oxitocina. 12 horas de contracciones. Dilatación completa, pero el jovencito no quiere encajarse. Dos horas más y deciden hacer cesárea. A las doce y veinticinco, puntualísimo, nace nuestro milagro, un milagro de verdad, un arcoíris después de la tormenta.
Hoy este milagro tiene 6 años (casi, dentro de dos semanas), y en la barriga otro precioso niño arcoíris salta y da patadas. ¡Ahora esperamos a enero! ¿Tengo miedo? Muchísimo. Espero a enero y me gustaría dormirme y despertarme un precioso día de enero. Cada día tacho el calendario como una ganadora. Poco a poco me permito sentir más alegría que miedo.







